LA CULPA LA TIENE LA PANDEMIA

La irrupción del Coronavirus ha sacado a la luz una innumerable cantidad de debates. Problemas que tomaron protagonismo hasta convertirse en la vedette de cualquier programa del prime time de la televisión argentina y hasta incluso han merecido campañas públicas de concientización. El distanciamiento social, supone una abrupta aminoración del contacto físico entre personas. En el mundo occidental, la cercanía, y hasta a veces el contacto, se llevan marcados a fuego y son para nosotros cuestiones de la normalidad misma. Nuestra vida cotidiana, antes del COVID, estaba signada por ello. Las reuniones sociales, las juntadas con amigos, ir a tomar algo para cortar la semana, algún fulbito o un after, tenían una cierta predominancia ¿pero tanta?

Esa normalidad que parece ser parte de un pasado lejano y a la vez algo que cada día está más lejos en un horizonte que pareciera escapar vaya uno a saber por qué, también contiene otra serie de condimentos que, pareciera, hemos preferido omitir durante los últimos años. Décadas tal vez.

El avance tecnológico, la dependencia de artefactos electrónicos como el celular o la PC, la sobreocupación y el cansancio mismo, han conspirado a la hora de tener una vida social más activa, con ese tan “añorado” contacto que ahora reclamamos a viva voz, en épocas de COVID19. Las Redes Sociales, que a priori suponen el fomento del “contacto” entre personas no ha sido más que una de las causas principales de la pérdida de algo que era una identidad por estos lares. Las reuniones multitudinarias para esperar la navidad o recibir un nuevo año cada vez son menos multitudinarias. Es cierto que el paso del tiempo y la “ley de la vida” han sido partícipes necesarios de esa disminución pero también podríamos inferir que hemos sido los propios Seres Humanos que, consciente o inconscientemente, hemos decidido el camino de la soledad para la actualidad.

Volviendo al punto en cuestión, un término que se ha vuelto remanido y que ahora nos preocupa y hasta motoriza una serie de reclamos en pos de la apertura de la cuarentena, tiene que ver con el “distanciamiento emocional”. Seguramente lo habrán oído en los últimos días o semanas.

Culpa del confinamiento, dicen los que alzan la bandera y buscan patear el tablero, adultos mayores, y porque no personas de todas las edades, sufren en soledad el paso de la pandemia. Distanciamiento que por otra parte brega por la salud de aquellos que, ha sido probado, son más frágiles a la hora de estar en contacto con la enfermedad. Algunos se atreven a decir que hasta mueren gran cantidad de seres en un estado de abandono por parte de personas “cercanas” que se han visto impedidos de ser un sostén en tan delicada actualidad.

¿Pero realmente esto es una causa de la pandemia? ¿Es acaso el “distanciamiento emocional” un producto del aislamiento? ¿O el COVID19 supo sacar a la luz un problema social que preferimos esconder disfrazado de mil excusas?

Este confinamiento, palabra que suena aun con una mayor potencia, también se sufría cuando no existía la Pandemia. De repente, casi como por arte de magia, hubo una ola de gente que volvió a contactarse con personas a las que habitualmente ignoraba, seguramente como consecuencia de cómo se vive en la actualidad, la dinámica de nuestros días. Todos a las corridas, con ocupaciones, más de un trabajo, la rutina agotadora de ir a buscar a los chicos, llevarlos a sus clases, hacer las compras, en ocasiones el gimnasio, reuniones de trabajo, trámites y tantas otras actividades. Todas esas problemáticas que hoy aparecen como novedosas, no son más que las que han estado siempre ahí fuera, gozando de buena salud. La Pandemia también ha llegado para trastocar nuestras ideas, ojalá que para hacernos recapacitar. Pareciera que vivíamos buscando un respiro, una cierta soledad y un espacio de meditación que ahora, de golpe, casi de manera forzada está ahí. Nos golpeó la puerta y no lo queremos atender. Como ese ruido de palmas de un domingo a la mañana, presentimos que es algo que más vale conviene dejar pasar. En esta oportunidad, y lejos de suponer un debate inocuo. La Pandemia, culpable de muchas muertes, también es la que motoriza una discusión más profunda sobre la sociedad que viene, qué queremos para nosotros, nuestros hijos, padres y abuelos.

Como somos seres culposos, preferimos endilgarle al COVID todos los males, es la excusa predilecta hoy en día. El Coronavirus, y el aislamiento como consecuencia de la Pandemia, son cuestiones circunstanciales, tarde o temprano van a pasar. Quedarán en el olvido, o no, dependerá de cuan hondo haya calado en cada uno de nosotros, pero el mundo y las sociedades tal y como estaban hasta entonces seguirán allí. A la vuelta de la esquina, frente a nuestros ojos. Necesitamos aprender, entre otras cosas, a volver a estar más en contacto con los afectos, a estar pendientes. A ser más Humanos. Tal vez, culpa del Coronavirus, mañana seamos mejores.

Por Christian Basile

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