“HASTA UN BARBIJO MAL COLOCADO NOS DUELE”

Sector prensa habló con Natalia Quiroga, enfermera oriunda de Libertad, trabaja en CABA, para que nos cuente como se encuentra el sistema en la Ciudad de Buenos Aires. Además, habló sobre la frase de Alberto Fernández, el miedo del contagio a la familia, la salud mental del personal de salud y demás.

Con la llegada de la segunda ola de contagios de coronavirus, no sólo se vieron números más elevados al del año pasado en casos, sino que también en ocupación de camas de terapia intensiva. Además, el personal de salud, los que combaten cara a cara con el virus, se ven agotadas en todo sentido y con un incremento en su trabajo. Dialogamos con Natalia Quiroga (MN 98881), enfermera universitaria, que es oriunda de Libertad y trabaja en CABA. Nos contó cómo vive esta situación, el miedo de contagiar a su familia, lo psicológico, el sistema de salud en su trabajo y analizó la frase de Alberto Fernández sobre el personal de salud.

SP: – ¿Hoy están reforzando los cuidados?

NQ: – Justamente el lunes, comenzamos a utilizar los EPP (Equipos de Protección Personal) de tercer nivel. Tenemos una terapia llena abajo, más el shock room completo de Covid. Mi terapia estaba limpia de Covid, pero se desbordó y ahora están ingresando casos positivos a la sala. Antes, era sólo para otras patologías como politraumatismo o poscirugías, pacientes cardíacos, etc.

– ¿Cuánto incrementó el trabajo de ustedes en esta segunda ola?

– Te diría que un cien por ciento, se nota mucho en la falta de personal. Antes éramos más enfermeros, y eso implicaba atender menos pacientes cada uno. Ahora, sacan gente para cubrir otros sectores, todo el tiempo.

– ¿Cómo es un día para alguien que trabaja como personal de salud?

– Para el personal de salud son días muy estresantes, con mucho cansancio físico y mental. El cuidar a nuestros pacientes, y a la vez tener mil cuidados para no enfermar a nuestras familias, creo que es el factor que más nos estresa. Ver morir a personas con las que hablaste, ver su pelea contra el virus, las caras de sus familias, nos afecta día a día. Es muy triste.

– ¿Cómo se hace para manejar lo psicológico?

– Por un lado, lo profesional está primero e intentamos entender la situación. Es una pandemia, no hay tiempo para doblegarse. En mi caso, estuve cinco años dando la bienvenida a la vida a recién nacidos, y hace seis meses me tocó estar acá en la terapia intensiva de adultos, tomando sus manos por última vez. Es duro, pero hay que seguir por los que la siguen peleando.

 

– ¿Qué medidas tomás con tu familia?

– Con respecto a los cuidados, los protocolos están instalados las 24 horas en casa. Sin equipos, pero siempre atenta. El miedo a que mi familia se contagie es tremendo. Sólo yo estoy vacunada, mi esposo e hijas no lo están. Gracias a Dios, mis padres también están vacunados.

– ¿Cómo están las condiciones en tu lugar de trabajo?

– Tengo la suerte de estar en un hospital donde no faltan los insumos, ni los EPP para el personal, pero estamos agotados. Somos pocos para tanta demanda de calidad de atención.

– En un momento, se discriminó a quienes trabajaban en los centros de salud ¿Pasaste por algún episodio así?

– Personalmente, no. Pero a mi amiga, que vivía en un edificio, le mandaban mensajes al grupo y le decían que se quede en el hospital hasta que todo esto pase. Decidió mudarse a una casa.

– ¿Cómo te tomaste la frase del presidente sobre la “relajación”? Se interpretó de diferentes maneras.

– La tomé como la dijo. El sistema de salud se relajó. No habló nunca del personal de salud. Había terapias con pacientes complicados por cirugía estética, a eso se refería con cirugías que podían esperar. Ocuparon camas con pacientes, sin necesidad, y una cama ocupada equivale a siete días de estadía como mínimo.

– ¿Qué sensaciones les deja ver la recuperación de un paciente después de su lucha?

– Una alegría enorme. La satisfacción de saber que podemos seguir dando batalla.

– ¿Y cuándo toca ver la irresponsabilidad?

– Bronca, impotencia, hasta un barbijo mal colocado nos duele. No tienen idea lo que padecen los pacientes, sólo cuando les toca. El jueves recibí la noticia de que falleció la ex pareja de mi tía. Un buen hombre, con el que compartí momentos muy gratos. Y ver que la gente no le tiene respeto al virus, indigna.

– ¿Algún compañero tuvo que pelear contra el virus como paciente?

– Muchos se contagiaron, mi supervisor pudo salir de terapia intensiva. Pero hace poquito una compañera murió por no conseguir una cama en terapia, salió en los medios. Eso fue muy triste e injusto. No compartía sala con ella, pero la conocía del hospital. Compañeros que hayan sido pacientes míos, por suerte no.

– ¿Te imaginabas una situación así cuando el coronavirus fue declarado pandemia?

– No. De esta magnitud, jamás.

– Muchos afirman que hoy se ven escenarios de guerra en los hospitales ¿Es así?

– No, eso si pasó con Cromañón. Fue terrible. Ahora hay mucha gente esperando, pero la guerra literalmente es otra cosa.

– ¿Esto puede ser un precedente para que se invierta más en salud?

– Eso espero, así debería ser. Lo primero es que nos reconozcan como profesionales, no como administrativos.

– ¿Hoy no se los reconoce como profesionales?

– No estamos incluidos en la ley. Un psicólogo o kinesiólogo de la Ciudad, gana veinte mil pesos más que nosotros. Estudian la misma cantidad de años, con una licenciatura igual a la nuestra.

– ¿la gente se solidariza con ustedes? ¿Cuánto valen los aplausos, el aliento y que se los reconozca como héroes?

– Solidaridad, sería que todos cuiden. Muchos lo hacen, pero hay gente que antes aplaudía y hoy reclama clases presenciales. En CABA, donde yo trabajo, realmente es un caos. Hoy necesitamos que entiendan, que la salud está primero.

– ¿Cómo va la vacunación en tu trabajo?

– Del personal de salud, el noventa por ciento tiene las dos dosis de la Sputnik V.

– ¿Qué es lo que más esperas para cuando finalice esto?

– Lo que más espero, para cuando termine la pandemia, es poder ir a la cancha a ver a Midland.

Por: Ezequiel Olivera 

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